Esa misma tarde de diciembre, en un lugar de Inglaterra.
Cierra el libro desesperada.
No se concentra. Llegan los exámenes y le es imposible estudiar. ¿Qué puede hacer?
Paula resopla. No le queda otra solución que tener paciencia y tranquilizarse. Más le vale, porque, si no, suspenderá todo y no es la mejor manera de iniciar su experiencia en la universidad. Con lo que le costó conseguir esa beca y el esfuerzo que le está suponiendo estar allí, alejada de su familia, de sus amigos y de Álex. ¡Él tiene la culpa de que no se concentre!
Si estuviera con ella todo resultaría más sencillo. Lo echa de menos a todas horas. Es duro estar alejada de la persona a la que amas. Tal vez no debería de haber aceptado marcharse a Inglaterra. Seguramente, en una universidad cerca de casa, de su novio, de todo lo que quiere, habría sido más feliz.
¿Ha habido algún día en el que no haya llorado? Seguramente, no. ¡Pero no se puede rendir!
Vuelve a abrir el libro. Suspira. Concentración. Pasa una página. No es un tema sencillo de comprender. Encima, estudiar Periodismo en un idioma que no es el suyo no ayuda demasiado. Lo entiende y poco a poco se está adaptando a leer y a hablar en inglés, pero cuando se bloquea, nada es fácil. Otra página. Uff. El profesor no pretenderá que memorice todo aquello, ¿verdad?
Nada: no está en condiciones de estudiar. Imposible. Se lamenta de ser tan poco consistente. Aparta los libros y enciende su portátil. Se siente culpable. Aunque luego lo seguirá intentando. Trata de convencerse de ello. Además, es casi la hora de bajar a cenar. Pone música, un tema de Simple Plan, “Welcome to my life”, entra en el MSN a ver si encuentra a Álex disponible. Suspira una vez más y se lamenta: su novio no está conectado.
Era lo lógico. Seguro que está muy liado escribiendo. Sin embargo, tenía esperanzas de dar con él. ¡Cómo le echa de menos!
No se concentra. Llegan los exámenes y le es imposible estudiar. ¿Qué puede hacer?
Paula resopla. No le queda otra solución que tener paciencia y tranquilizarse. Más le vale, porque, si no, suspenderá todo y no es la mejor manera de iniciar su experiencia en la universidad. Con lo que le costó conseguir esa beca y el esfuerzo que le está suponiendo estar allí, alejada de su familia, de sus amigos y de Álex. ¡Él tiene la culpa de que no se concentre!
Si estuviera con ella todo resultaría más sencillo. Lo echa de menos a todas horas. Es duro estar alejada de la persona a la que amas. Tal vez no debería de haber aceptado marcharse a Inglaterra. Seguramente, en una universidad cerca de casa, de su novio, de todo lo que quiere, habría sido más feliz.
¿Ha habido algún día en el que no haya llorado? Seguramente, no. ¡Pero no se puede rendir!
Vuelve a abrir el libro. Suspira. Concentración. Pasa una página. No es un tema sencillo de comprender. Encima, estudiar Periodismo en un idioma que no es el suyo no ayuda demasiado. Lo entiende y poco a poco se está adaptando a leer y a hablar en inglés, pero cuando se bloquea, nada es fácil. Otra página. Uff. El profesor no pretenderá que memorice todo aquello, ¿verdad?
Nada: no está en condiciones de estudiar. Imposible. Se lamenta de ser tan poco consistente. Aparta los libros y enciende su portátil. Se siente culpable. Aunque luego lo seguirá intentando. Trata de convencerse de ello. Además, es casi la hora de bajar a cenar. Pone música, un tema de Simple Plan, “Welcome to my life”, entra en el MSN a ver si encuentra a Álex disponible. Suspira una vez más y se lamenta: su novio no está conectado.
Era lo lógico. Seguro que está muy liado escribiendo. Sin embargo, tenía esperanzas de dar con él. ¡Cómo le echa de menos!
El ruido de unas llaves en el pasillo llama la atención de Paula. El pomo de la puerta se gira y alguien abre con ímpetu. Es una chica.
—¡Buona notte, Paola! —exclama la recién llegada entrando en el cuarto.
—Hola, Valen.
—¡Oh! ¡Me encanta esta canción!
Y se pone a bailar de forma exagerada, moviendo las caderas insinuantemente.
—Estás loca —comenta Paula, bajando el volumen del reproductor y contemplando divertida a Valentina.
Por si había alguna duda, ahora ya tiene la excusa perfecta para dejar de estudiar. Su compañera de habitación acaba de llegar. Esta se quita el abrigo y la mochila, y los deja encima de su cama. Entre ellas hablan español, un español a veces salpicado de expresiones inglesas e italianas que ayudan a que la conversación sea fresca y fluida.
—¿Qué tal la tarde? ¿Has estudiado algo?
—Poco.
—Muy mal, muy mal...
La chica ni siquiera la mira. Continúa bailoteando. Después se sienta en el sillón que está libre y se descalza. Luego se levanta y guarda sus imponentes botas marrones en el armario.
—Y tú, ¿de dónde vienes?
—De la biblioteca. Pero había mucho ruido allí —responde, haciendo aspavientos con las manos—. Estoy nerviosa. No me da tiempo. ¡No me da tiempo!
Paula sonríe. Le hace gracia la manera de hablar de Valentina. Siempre tan expresiva, tan gesticulante. Tan italiana.
—Tranquila. Aún quedan unos días para los exámenes.
—Ya. Ya lo sé. Pero es mucha tarea. ¡Es mucha! Los profesores no están bien. ¡Todos están locos! —grita, al tiempo que se baja los vaqueros de golpe. Los dobla y también los mete en el armario.
Aquel comportamiento vuelve a sacar otra sonrisa a Paula. No ha conocido nunca a una persona más impulsiva y expresiva que ella. En cierta manera, le recuerda a Diana. Valentina, además, es lo más parecido a una amiga que tiene en Inglaterra. A su manera, aquella chica pecosa, de larga melena negra, le ha servido de apoyo en los momentos más complicados. Especialmente, al principio de su llegada a Londres, cuando era a la única persona que entendía. Fue una suerte que le tocara como compañera de habitación.
—Yo también tengo que estudiar bastante.
La italiana mueve la cabeza negativamente y se pone un pantalón de pijama de la pantera rosa y unas zapatillas de estar por casa del mismo color. Luego la parte de arriba, que deja sin abrochar. Paula la mira extrañada: ¿es que no piensa bajar a cenar hoy? Pero enseguida obtiene la respuesta. Valentina, abre la mochila y saca un par de sándwiches de su interior.
—Son vegetales —dice, anticipándose a lo que Paula iba a preguntarle.
—No tienen mala pinta.
—No, ¿verdad? —comenta, olisqueando uno de ellos—. Estoy harta de la comida de aquí. A partir de ahora me alimentaré de sándwiches de máquina. Mamma mia! ¡Con lo bien que se come en Italia!
En esto tiene razón. La comida inglesa no le termina de convencer. Y sus horarios tampoco. Menos mal que al menos las dejan cenar a las ocho.
—Entonces, ¿no vienes conmigo hoy?
—No —contesta, sentándose delante de su ordenador—. Pero, si puedes, tráeme alguna pieza de fruta, per favore.
—Vale.
Paula se pone de pie y entra en el cuarto de baño para peinarse. Está desganada. No tiene ganas de cenar, pero sabe que, si no come algo ahora, luego tendrá hambre.
—¡Ah, me han dado recuerdos para ti! —grita Valentina.
—¿Recuerdos? ¿Quién?
Es extraño, porque no tiene muchos amigos allí. Su adaptación a aquel nuevo país le está costando más de lo que pensaba. Apenas sale de noche y, en clase, prácticamente no dice palabra. Se limita a ir, tratar de comprender lo que los profesores explican y realizar los ejercicios que le mandan.
—Tu amigo —señala la italiana,
—¿Mi amigo…?
—Sí, ya sabes...
La chica piensa un instante y por fin se da cuenta del tono sarcástico de Valentina.
—¡Ah! ¿Y qué le has dicho?
—Que se fuera a la mierda —contesta Valen, haciendo un gesto con el dedo corazón hacia arriba—. Como decís los españoles, “¡menudo capullo!”.
Paula sonríe, aunque amargamente. Aquel tipo no ha dejado de fastidiarla desde el primer día. Y, por su culpa, otros también le han cogido manía y se burlan de ella, tanto en su clase como en el resto de la universidad.
La chica sale del cuarto de baño y apaga la música de su ordenador.
—¿De verdad que no bajas a cenar?
—No. Me quedaré hablando con Marco un rato.
—Salúdale de mi parte.
—Bien.
—¿Sigue insistiendo en que seáis novios?
—Sí. Es un pesado. Espero que se dé por vencido de una vez.
—Pero si te sigue gustando…
—Ya. Pero no es posible lo nuestro mientras yo esté aquí.
—Pobrecillo.
—¿Pobre? Nada de pobre. ¡A saber lo que hace él en Italia...! Lo nuestro se acabó. Ya sabes lo que pienso.
Claro que lo sabe. Le ha contado en varias ocasiones que rompieron el mismo día en que ella decidió aceptar la beca en Londres. Y aunque Marco insistió una y otra vez para que se esperaran el uno al otro por lo menos ese año, no logró convencer a su novia. Valentina está en contra de las relaciones a distancia, se lo ha dicho muchas veces. Incluso piensa que debería de dejar a Álex y disfrutar de la experiencia en Inglaterra.
—Bueno, me marcho a cenar, que si no, no me dejarán nada.
—Okey. Acuérdate de mi pieza de fruta.
—No te preocupes. Te subiré una manzana.
—O un plátano.
—O un plátano —repite sonriente.
—Muchas gracias, Paola.
—¡Buona notte, Paola! —exclama la recién llegada entrando en el cuarto.
—Hola, Valen.
—¡Oh! ¡Me encanta esta canción!
Y se pone a bailar de forma exagerada, moviendo las caderas insinuantemente.
—Estás loca —comenta Paula, bajando el volumen del reproductor y contemplando divertida a Valentina.
Por si había alguna duda, ahora ya tiene la excusa perfecta para dejar de estudiar. Su compañera de habitación acaba de llegar. Esta se quita el abrigo y la mochila, y los deja encima de su cama. Entre ellas hablan español, un español a veces salpicado de expresiones inglesas e italianas que ayudan a que la conversación sea fresca y fluida.
—¿Qué tal la tarde? ¿Has estudiado algo?
—Poco.
—Muy mal, muy mal...
La chica ni siquiera la mira. Continúa bailoteando. Después se sienta en el sillón que está libre y se descalza. Luego se levanta y guarda sus imponentes botas marrones en el armario.
—Y tú, ¿de dónde vienes?
—De la biblioteca. Pero había mucho ruido allí —responde, haciendo aspavientos con las manos—. Estoy nerviosa. No me da tiempo. ¡No me da tiempo!
Paula sonríe. Le hace gracia la manera de hablar de Valentina. Siempre tan expresiva, tan gesticulante. Tan italiana.
—Tranquila. Aún quedan unos días para los exámenes.
—Ya. Ya lo sé. Pero es mucha tarea. ¡Es mucha! Los profesores no están bien. ¡Todos están locos! —grita, al tiempo que se baja los vaqueros de golpe. Los dobla y también los mete en el armario.
Aquel comportamiento vuelve a sacar otra sonrisa a Paula. No ha conocido nunca a una persona más impulsiva y expresiva que ella. En cierta manera, le recuerda a Diana. Valentina, además, es lo más parecido a una amiga que tiene en Inglaterra. A su manera, aquella chica pecosa, de larga melena negra, le ha servido de apoyo en los momentos más complicados. Especialmente, al principio de su llegada a Londres, cuando era a la única persona que entendía. Fue una suerte que le tocara como compañera de habitación.
—Yo también tengo que estudiar bastante.
La italiana mueve la cabeza negativamente y se pone un pantalón de pijama de la pantera rosa y unas zapatillas de estar por casa del mismo color. Luego la parte de arriba, que deja sin abrochar. Paula la mira extrañada: ¿es que no piensa bajar a cenar hoy? Pero enseguida obtiene la respuesta. Valentina, abre la mochila y saca un par de sándwiches de su interior.
—Son vegetales —dice, anticipándose a lo que Paula iba a preguntarle.
—No tienen mala pinta.
—No, ¿verdad? —comenta, olisqueando uno de ellos—. Estoy harta de la comida de aquí. A partir de ahora me alimentaré de sándwiches de máquina. Mamma mia! ¡Con lo bien que se come en Italia!
En esto tiene razón. La comida inglesa no le termina de convencer. Y sus horarios tampoco. Menos mal que al menos las dejan cenar a las ocho.
—Entonces, ¿no vienes conmigo hoy?
—No —contesta, sentándose delante de su ordenador—. Pero, si puedes, tráeme alguna pieza de fruta, per favore.
—Vale.
Paula se pone de pie y entra en el cuarto de baño para peinarse. Está desganada. No tiene ganas de cenar, pero sabe que, si no come algo ahora, luego tendrá hambre.
—¡Ah, me han dado recuerdos para ti! —grita Valentina.
—¿Recuerdos? ¿Quién?
Es extraño, porque no tiene muchos amigos allí. Su adaptación a aquel nuevo país le está costando más de lo que pensaba. Apenas sale de noche y, en clase, prácticamente no dice palabra. Se limita a ir, tratar de comprender lo que los profesores explican y realizar los ejercicios que le mandan.
—Tu amigo —señala la italiana,
—¿Mi amigo…?
—Sí, ya sabes...
La chica piensa un instante y por fin se da cuenta del tono sarcástico de Valentina.
—¡Ah! ¿Y qué le has dicho?
—Que se fuera a la mierda —contesta Valen, haciendo un gesto con el dedo corazón hacia arriba—. Como decís los españoles, “¡menudo capullo!”.
Paula sonríe, aunque amargamente. Aquel tipo no ha dejado de fastidiarla desde el primer día. Y, por su culpa, otros también le han cogido manía y se burlan de ella, tanto en su clase como en el resto de la universidad.
La chica sale del cuarto de baño y apaga la música de su ordenador.
—¿De verdad que no bajas a cenar?
—No. Me quedaré hablando con Marco un rato.
—Salúdale de mi parte.
—Bien.
—¿Sigue insistiendo en que seáis novios?
—Sí. Es un pesado. Espero que se dé por vencido de una vez.
—Pero si te sigue gustando…
—Ya. Pero no es posible lo nuestro mientras yo esté aquí.
—Pobrecillo.
—¿Pobre? Nada de pobre. ¡A saber lo que hace él en Italia...! Lo nuestro se acabó. Ya sabes lo que pienso.
Claro que lo sabe. Le ha contado en varias ocasiones que rompieron el mismo día en que ella decidió aceptar la beca en Londres. Y aunque Marco insistió una y otra vez para que se esperaran el uno al otro por lo menos ese año, no logró convencer a su novia. Valentina está en contra de las relaciones a distancia, se lo ha dicho muchas veces. Incluso piensa que debería de dejar a Álex y disfrutar de la experiencia en Inglaterra.
—Bueno, me marcho a cenar, que si no, no me dejarán nada.
—Okey. Acuérdate de mi pieza de fruta.
—No te preocupes. Te subiré una manzana.
—O un plátano.
—O un plátano —repite sonriente.
—Muchas gracias, Paola.
Las chicas se despiden. Después de coger su teléfono, el ticket de la cena y las llaves, Paula abandona la habitación sin imaginar que lo que va a acontecer a continuación, complicaría todavía más su estancia en Londres.
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