Una tarde de diciembre, en un lugar de la ciudad.
Apaga la cam y cierra el MSN. Suspira. Siempre que termina de hablar con Paula, suspira. No puede evitarlo. Se siente triste, pero más por ella que por él mismo. Álex sabe que su chica es la que peor lo lleva. Curiosamente, no pensaba así cuando comenzó la aventura de su novia en Inglaterra. Creía que no lo soportaría. Y sin embargo, poco a poco se ha ido adaptando a las circunstancias. Tiene momentos de melancolía y por supuesto que la echa de menos. Pero ha elegido ser la parte fuerte y no está dispuesto a derrumbarse. Además, casi no tiene tiempo para hacerlo.
—Hola, Alejandro.
—Hola, Alejandro.
Es una voz dulce y suave. El escritor alza la vista y descubre a una joven morena de ojos marrones. Pero es un marrón muy clarito, parecido al de los ojos de Paula. Los lleva pintados de negro. Álex sonríe y se pone de pie.
—Hola, Pandora. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias.
—Me alegro mucho.
—Hola, Pandora. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias.
—Me alegro mucho.
La chica se sonroja y agacha un poco la cabeza. Luego lleva las manos hacia su coleta y aprieta la gomilla que la sostiene. Él no lo sabe, pero le tiembla todo el cuerpo cada vez que le habla.
Álex vuelve a sentarse y abre un archivo de su ordenador. Pandora lo observa por encima de sus hombros.
—¿Qué tal va? —le pregunta la chica, casi murmurando.
—¿La novela? Bien. Ya falta menos.
—¿Sabes ya cuántos capítulos tendrá?
—No. Todavía no lo tengo del todo claro.
—Tengo muchas ganas de leerla..., date prisa.
—¿Qué tal va? —le pregunta la chica, casi murmurando.
—¿La novela? Bien. Ya falta menos.
—¿Sabes ya cuántos capítulos tendrá?
—No. Todavía no lo tengo del todo claro.
—Tengo muchas ganas de leerla..., date prisa.
Y de nuevo baja la cabeza avergonzada. ¿Ha cometido una osadía? No lo sabe, pero se muere por leer Dime una palabra, la segunda parte de Tras la pared. Lleva mucho tiempo esperando saber qué sucederá con Nadia, Julián y el resto de personajes de la novela. ¿Por qué Alejandro dejaría un final tan abierto?
El escritor no se toma mal la impaciencia de la chica y vuelve a sonreír. Ella no haría nada con maldad. La conoce bien; ya son varios meses viéndola todas las semanas en la cafetería.
—Procuraré escribir un poco más deprisa —responde, haciendo una mueca divertida.
—Perdona, yo no quería... No, no. Tú ve a tu ritmo. No... quería molestarte.
—Procuraré escribir un poco más deprisa —responde, haciendo una mueca divertida.
—Perdona, yo no quería... No, no. Tú ve a tu ritmo. No... quería molestarte.
Pandora tartamudea. Se ha puesto más nerviosa. Le hierven las mejillas y siente cómo le sudan las manos. ¡Qué mal!
—Tranquila, no pasa nada —comenta el chico, girándose hacia ella—. Sí, tienes razón. O me doy prisa, o no la tendré lista a tiempo.
—Bueno. Sabes que tus seguidores esperaremos lo que haga falta.
—No creo que la editorial piense lo mismo.
—Tranquila, no pasa nada —comenta el chico, girándose hacia ella—. Sí, tienes razón. O me doy prisa, o no la tendré lista a tiempo.
—Bueno. Sabes que tus seguidores esperaremos lo que haga falta.
—No creo que la editorial piense lo mismo.
Y ríe. Y Pandora con él, pero mucho más cautelosa. Le encanta verlo así de sonriente. En realidad, le encanta verlo de cualquier manera. Con estar junto a él, le vale. Nunca habría imaginado que podría conocer a un escritor de verdad y que él se mostrara tan atento con ella, una simple seguidora. Pero Alejandro es así. ¡Incluso le tiene agregado en Facebook y se siguen en Twitter!
Desde hace unas semanas, Pandora acude regularmente a aquel bibliocafé para verlo. Y fue un flechazo. Al principio no sabía quien era. Cogía una novela de alguna de las estanterías y se sentaba a su lado, solo por atracción. Lo veía siempre tan entregado a su ordenador… Escribía sin parar; constante, tenaz, gesticulante. Entre un mar de libros de todo tipo, aspirando el aroma a café recién hecho. Un ambiente lleno de magia. Le encantaba él y le encantaba encontrárselo allí.
Pero el asunto no quedó ahí. Le llegó un rumor que investigó y más tarde confirmó. Resultó que aquel guapísimo chico del que se había enamorado era el autor de su libro preferido. ¿Cosa del destino? Debía serlo. Aunque estaba convencida de algo que la mataba por dentro: nunca podría tener una relación con él. Era demasiado perfecto. Y para colmo... Alejandro tenía novia.
—Seguro que tu editorial está encantada contigo —señala la chica, mientras se vuelve a tocar el pelo.
—Eso espero.
—Seguro que tu editorial está encantada contigo —señala la chica, mientras se vuelve a tocar el pelo.
—Eso espero.
Los dos se miran una última vez y sonríen.
Pandora no quiere molestarle más. Echa un vistazo a su alrededor y se sienta ante la mesa libre más próxima al escritor. El camarero se acerca hasta ella y le pregunta si quiere beber lo mismo de siempre. Responde que sí y saca un libro de su mochila: 97 formas de decir te quiero. Hoy tiene que devolverlo porque termina el plazo de préstamo.
—¿Te está gustando? —pregunta Álex, que ya ha leído ese libro.
—¿Te está gustando? —pregunta Álex, que ya ha leído ese libro.
Pandora afirma con la cabeza y sonríe sonrojándose. ¡Ese chico es tan increíble!
El camarero llega con un café-bombón y se lo coloca delante.
Álex vuelve a centrarse en su ordenador. Le cae bien aquella chica. No solo por su simpatía, sino por su amor a los libros. Personas como ella es justo lo que quería encontrar cuando decidió abrir el Manhattan.
Hace un año y un mes, una tarde de noviembre en un lugar de la ciudad.
Se asoma por la puerta de la habitación en la que lo han escondido los de la librería. ¡Hay mucha gente que quiere conocerle! O eso es lo que parece. Pero todo a su tiempo y en orden. Todas las sillas, unas sesenta, están ocupadas, e incluso se ve una fila de personas detrás, de pie, al fondo de la tienda.
Álex se pone un poco nervioso: nunca había tenido que hablar delante de tanto público. ¡Y vienen a verlo a él! Le toca asumir toda la responsabilidad.
—¿Estás preparado? —le pregunta una mujer alta y delgada, vestida de morado.
—Eso creo —responde titubeante.
—¿Estás preparado? —le pregunta una mujer alta y delgada, vestida de morado.
—Eso creo —responde titubeante.
No las tiene todas consigo, pero ya no hay marcha atrás. Le viene a la cabeza una frase que ha oído muchas veces: “Ten cuidado con lo que quieres porque puedes conseguirlo”. Él lo ha logrado. No solo ha publicado Tras la pared, sino que además está gustando y se está vendiendo muy bien. Ahora toca promocionarlo.
—No te preocupes: no hay prensa. Solo seguidores que están deseando escucharte hablar del libro y que se lo firmes. Va a ir genial, ya lo verás.
—No te preocupes: no hay prensa. Solo seguidores que están deseando escucharte hablar del libro y que se lo firmes. Va a ir genial, ya lo verás.
Álex mira a la mujer y sonríe. Abril siempre es tan tranquila… Ha sido una suerte que la editorial la haya mandado a ella.
—No estoy acostumbrado a...
—Pronto te acostumbrarás —le interrumpe—. Esto es solo el principio. Vamos, las fans te esperan.
—No estoy acostumbrado a...
—Pronto te acostumbrarás —le interrumpe—. Esto es solo el principio. Vamos, las fans te esperan.
El escritor toma aire, respira hondo y abre la puerta. Salta algún que otro flash cuando aparece en escena. Álex camina con toda la firmeza posible hasta la mesa que la librería le ha preparado: dos micros, dos ejemplares de su libro a cada lado y dos sillas. Se sienta en la de la derecha; Abril, en la de la izquierda.
El chico mira hacia el frente. Sí que hay mucha gente. Se fija en el rostro de una adolescente que tiene los ojos muy abiertos y aprieta los labios. Está en primera fila. Parece muy nerviosa, y sujeta con fuerza su libro contra el pecho. Luego, su mirada se dirige a una pareja de universitarias. Una le está comentando algo a la otra. Ambas sonríen: comentan lo bueno que está el escritor, aunque él no lo oye.
—Hola, buenas tardes..., noches ya. Para mí es un gusto enorme y un privilegio estar con Alejandro Oyola en la presentación de su libro Tras la pared...
—Hola, buenas tardes..., noches ya. Para mí es un gusto enorme y un privilegio estar con Alejandro Oyola en la presentación de su libro Tras la pared...
Apenas escucha lo que Abril está diciendo. Le cuesta mucho concentrarse. ¿No es un sueño? ¡Está hablando de su libro! Sí, es un sueño, pero un sueño real. Un sueño cumplido. Álex deja de mirar a la gente y tras sonreírle a Abril, que continúa hablando de él y de Tras la pared, coge uno de los ejemplares de la mesa. Va firmado con su nombre: Alejandro Oyola Azurmendi. La portada es preciosa, azul marino. El chico pasa un dedo por los tres corazones blancos que están impresos en relieve. Luego continúa por una especie de muro de ladrillos que parece pintado a mano. Le encanta. Es la cubierta perfecta.
—Y ahora, Alejandro, Álex, os hablará un poquito de esta aventura que está viviendo y de la que está disfrutando tanto. Gracias a todos por venir.
—Y ahora, Alejandro, Álex, os hablará un poquito de esta aventura que está viviendo y de la que está disfrutando tanto. Gracias a todos por venir.
Aplausos para Abril. Ella no se inmuta. Apaga el micro y se echa hacia detrás en la silla. Mira a Álex y le da ánimos con un gesto. El escritor intenta serenarse. Es su turno. Tiene que dirigirse a todas esas personas que han venido exclusivamente para estar con él. Da un pequeño toque en el micro y aproxima su boca hasta él.
—Hola a todos. ¿Me oís bien? —Más flashes que saltan. En esta ocasión, en mayor número—. ¿Sí? Genial. En primer lugar, muchas gracias por venir. Como ha dicho Abril, estamos encantados de estar aquí con vosotros y presentar mi primera novela publicada, Tras la pared...
—Hola a todos. ¿Me oís bien? —Más flashes que saltan. En esta ocasión, en mayor número—. ¿Sí? Genial. En primer lugar, muchas gracias por venir. Como ha dicho Abril, estamos encantados de estar aquí con vosotros y presentar mi primera novela publicada, Tras la pared...
Álex poco a poco va cogiendo confianza. Empieza hablando de cómo nació la idea de escribir el libro y la acogida que tuvo en Internet. Luego, agradece todo el apoyo que ha recibido en esos meses de los seguidores y de la editorial. Termina explicando que, durante los próximos minutos, contestará a cualquier pregunta que quieran hacerle y después firmará los libros. De nuevo aplausos, esta vez más sonoros que antes.
—La primera pregunta te la quiero hacer yo —le dice Abril, que ha vuelto a encender su micro.
—Muy bien. Pregunta —contesta Álex, sonriente. Está mucho más tranquilo.
—¿No es fácil, eh? —sonríe pícara—. En Tras la pared, un chico de veinticinco años se enamora de una chica mucho más joven que él. Una adolescente. ¿Crees que la edad importa en el amor?
—La primera pregunta te la quiero hacer yo —le dice Abril, que ha vuelto a encender su micro.
—Muy bien. Pregunta —contesta Álex, sonriente. Está mucho más tranquilo.
—¿No es fácil, eh? —sonríe pícara—. En Tras la pared, un chico de veinticinco años se enamora de una chica mucho más joven que él. Una adolescente. ¿Crees que la edad importa en el amor?
El escritor se pasa una mano por el pelo, piensa un instante y responde.
—No. En absoluto —comenta rotundo—. En el amor no importan ni la edad ni la raza ni el tipo de creencias. Solo importan el corazón y los sentimientos. Cuando dos personas se quieren lo único que cuenta es lo de dentro. El resto es completamente secundario.
—No. En absoluto —comenta rotundo—. En el amor no importan ni la edad ni la raza ni el tipo de creencias. Solo importan el corazón y los sentimientos. Cuando dos personas se quieren lo único que cuenta es lo de dentro. El resto es completamente secundario.
Abril hace un gesto con los labios, satisfecha por la respuesta. Ella tiene treinta y dos años. Álex veintitrés. ¿Sería posible algo entre ambos?
—Bien. Siguiente pregunta... ¿Quién se anima?
—Bien. Siguiente pregunta... ¿Quién se anima?
Nadie dice nada. Álex y la mujer contemplan a los presentes. Ninguno se atreve. Hasta que una de las chicas de la fila del fondo, de las que están de pie, levanta la mano.
—¿Sí…?
—A ver... Yo lo que quería saber es si... tienes novia —pregunta la joven, alzando la voz para que se le oiga bien.
—¿Sí…?
—A ver... Yo lo que quería saber es si... tienes novia —pregunta la joven, alzando la voz para que se le oiga bien.
Directa al grano. La sala ríe, pero a nadie le extraña que le hayan preguntado por eso. Aquel joven escritor es francamente guapo, con unos ojos preciosos y una sonrisa maravillosa. Sin embargo, Álex se queda mudo. Su semblante ha cambiado por completo. Y de la tranquilidad ha pasado en un segundo a la tensión. Esa voz le es familiar. No la ha olvidado. Y, aunque está bastante cambiada desde la última vez que se vieron, reconoce a la chica que un día le rompió el corazón en mil pedazos.
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